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Mostrando entradas de septiembre, 2013

CAZADORA DE SUEÑOS

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Beatriz deseaba, más que nada en este mundo, ser concertista de piano. «Escenarios, camerinos, entrevistas, ramos de flores…», pensaba. Estaba a las puertas de la adolescencia aunque todavía tenía frescos en su memoria los cuentos de la abuela Lola a la hora de acostarse. Su favorito: «El cazador de sueños», la historia de un apuesto joven que cabalgaba sobre los anhelos de las personas, haciéndolos realidad cuando le venía en gana. No había fantasía que se resistiera. La abuela decía que el cazador era la más esquiva de las presas y nadie podía doblegar su voluntad en provecho propio.
«¿Por qué no yo? ¿Acaso no soy la más lista de la clase?». Beatriz siempre cumplía sus tareas sin rechistar, obedecía en todo a sus mayores y nadie tenía queja sobre sus modales perfectos. Si alguien podía lograr lo imposible era ella misma.
Esa misma noche, cuando los ojos ya se le cerraban solos, se concentró en la imagen que se había formado con el fin de encontrarlo y hacerle llegar su petición. Pondr…

CUATRO ESCALONES

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Este micro quiero dedicárselo especialmente, además de a todos los habituales, a un buen amigo: Iñaki Fernandez del Rio. Sé que andas por ahí, entre las ramas de este árbol que habitamos, aunque te de corte saludar. Y si hay alguno que todavía no se ha dado a conocer está cordialmente invitado a hacerlo. Un saludo siempre es gratificante.

CUATRO ESCALONES


—Aquí Rojo Tres. Estoy en la escalera final. Tengo el objetivo a la vista. Repito: Puerta a la vista. Cambio. —Recibido. ¿Distancia al blanco? Cambio. —Rango Cuatro. Cambio. Me sudan las manos. Tan cerca… Resuenan las voces en los pasillos allá abajo: «¡Tres!». Ha estado cerca… Se acerca mi turno. Miro hacia arriba. He de conseguirlo. El equipo rojo depende de mí. Azul y amarillo han estado a punto de lograrlo. Allá voy… «¡Cuatro!». —Uno, dos, tres… y cuatro. Meto en casa y cuento diez.




FIN

LA BOCA DEL DIABLO

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«Esa rejilla es la mismísima boca del Diablo», pensó Oliver mientras se frotaba el pulgar del pie izquierdo. Al igual que en una docena de ocasiones anteriores. Daba igual que la recolocara. Cada poco tiempo, al salir de casa pues se encontraba delante de su portal, aparecía levantada lo justo para tropezar con ella. Oliver estaba convencido de que solo ocurría cuando él salía confiado.
Había presentado infinidad de quejas al Servicio Municipal de Alcantarillados. Sin respuesta. Una noche, harto de la situación y temiendo quedar cojo de por vida, forzó la entrada y se coló por la estrecha abertura con la intención de acabar con el problema. Nunca nadie volvió a saber de él.

LA TUMBA DEL HOMBRE SABIO

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Latidos. Son la marca perceptible de que el tiempo vuelve a mí. O, mejor dicho, de que yo regreso a su flujo constante. Abro de golpe los párpados, como el brazo de una balista al ser disparada. Veo mi reflejo en el ámbar que me envuelve. Son los ojos del dragón. El siguiente pestañeo me devuelve los míos. «Anál nathrach…». La imagen llena mi mente: Hálito de la serpiente. El conjuro de la creación. Ahora los recuerdos se desempañan. Nimué, aquella a la que los mortales llaman Dama del Lago, me encerró en esta caverna. «Anál nathrach, orth’ bháis’s bethad…» Hálito de la serpiente, encantamiento de muerte y vida… He de regresar. Arturo me necesita. Morgana… «Anál nathrach, orth’ bháis’s bethad, do chél dénmha». Una vez completo con el signo de creación, el ámbar se difumina. Puedo moverme con libertad. Mi bastón… debió llevárselo ella. «Yo te amo, Merlin…». Necia.
La luz del sol me daña cuando salgo de la gruta. Las rocas sagradas, el círculo perfecto de los druidas me rodea, así como una cac…

DERROTA DIARIA

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Ha sido un desastre. Ese maldito Wellington me la ha vuelto a jugar. No cometeré el error de culpar a mis mariscales de campo, Waterloo es mi responsabilidad y lo estoy pagando. Soy demasiado peligroso, un Emperador sin imperio exiliado en esta diminuta isla de Santa Elena. Llaman a la puerta y me levanto erguido aunque el dolor del costado hace que me lleve la mano a la pechera. Me encaro al hombretón de la espantosa camisola verde —debería exigir librea en el servicio— para escuchar, como todos los días:
—Su medicación, señor López.