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Mostrando entradas de noviembre, 2013

YO RENIEGO...

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En el laboratorio clandestino, la doctora Hernández levanta el rostro del visor del potente microscopio. Parpadea para ajustar su visión al mundo al que pertenece, abandonando la ilusión de flotar entre moléculas. —¿Se da cuenta de lo que esto significa, doctor? Heisenberg asiente. Nadie lo comprende mejor que él, la única persona que ha ganado dos premios Nobel científicos: Física y Medicina. Y ha llegado a odiarlos de tal manera… Durante más de una década en la cresta de la ola se sintió como un dios. «Asclepio, Hermes, apartaos. Ha llegado Heisenberg. Solo yo he vencido a la enfermedad y a la muerte. Yo decodifiqué el secreto de la vida. Humanos, yo os he convertido en inmortales». Qué soberbia. Tan solo doscientos años después, superpoblación, la natalidad demonizada y el ocio convertido en vicio depravado. Se vio obligado a iniciar, en secreto, una nueva línea de investigación que no buscaba, sin embargo, un tercer Nobel… no quedaban tan altas miras sobre la faz de la Tierra.

La docto…

VUELTA A CASA

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Abro con mimo las sábanas y me meto  despacio. Busco su calor, el hueco de sus curvas conocidas que, inocentes, me dan calma en la tormenta. Deseo abandonarme al sueño mientras pienso que todo está en su sitio, que no hay víctimas, que no ha pasado nada malo. Quiero mirar su cara en el desayuno y comentar las noticias. Me prometo no volver a caer aunque sé que no lo cumpliré. Soy yo quien no está en paz; soy yo el que se acaba de frotar el olor a Chanel 5 en una ducha sigilosa.

BAILANDO CON TRAPOS

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Maricela silba una bachata y trastea inquieta por el cuartucho de limpieza. Ve en las bombillas los ojos de Gabriel, galán de telenovela con el que ha bailado la noche anterior. Sale contoneando las caderas y el paso amarrado a la cintura del carrito. Desaparecen dos mil metros cuadrados de baldosa y dejan paso a la cuadrícula en la que brilla una bola de discoteca. Qué elegancia, qué señorío. Gabriel la convierte en dama de Viena aunque aquello no sea vals, sino merengue tórrido que, sin avergonzarse, prende fuego a las entrañas. Sobre la pista, la pareja a solas. El palo de la fregona es su Gabriel, que difumina rutina sin papeles.

TODO POR EL PREMIO

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Lo primero que hizo al entrar en casa fue lanzar los zapatos a través del recibidor. Los tacones de aguja dieron tumbos por la tarima, anunciando su llegada. El bolso cayó, por casualidad, en el brazo correcto de la percha. La chaqueta, en cambio, llegó hasta el sofá del salón para las visitas. Tuvo que encender  algunas luces. La casa estaba en tinieblas salvo por los parpadeos intermitentes al fondo del pasillo. Desde la habitación de Alejandro (su  cubil, como lo llamaba ella), llegó un grito: «¡Muere maldito capullo!». Hoy era día de calificaciones escolares. Sabía que no debería estar preocupada. Alejandro era un buen estudiante… si tenía motivación. Nerea trabajaba duro en una jornada agotadora que, seis días a la semana, se prolongaba de sol a sol. Gracias a su abnegación —le encantaba la palabra, le hacía sentirse una madre mejor— podía dar a su hijo todo lo que ella, de niña, no pudo tener. «Si no suspendes más de una, tendrás un premio», le había dicho. Nunca le fallaba. Alej…