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Mostrando entradas de 2017

Historia del arte

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Me gustan los trazos de saliva al dibujar corazones sobre tus pechos, los diseños tribales que mis dedos imaginan sobre tu espalda con los masajes. Eres mi obra de arte más perfecta y, sin embargo, ahora pides rudeza y aventuras peligrosas. Sigues viniendo a mi estudio sin buscar al amante creativo. Ahora soy solo el tatuador.

Acecho

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En el exterior, la tormenta agita la noche de retumbos y trallazos de luz, pero él solo los ha escuchado desde el sótano donde se oculta. Sabe la hora que es, no puede demorarse más, debe salir. La puerta chirría al asomarse al pasillo, consciente de que ha de alcanzar la planta noble evitando las cámaras de vigilancia. Arriba se escucha una conversación susurrada, se impone el sigilo. Adora sobresaltarlos por detrás, cuando los espejos no pueden delatarlo. Silencioso, se planta tras los americanos; cuando da las buenas noches esperando asustarlos, el más alto se gira con altivez. —Ah, ahí está por fin. Qué servicio el de este hotel. Afuera espera el taxi, hágase cargo de nuestras maletas.

Finisterre

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Costa da Morte 2021

Mi señora,
Las olas que espuman las rocas, inexorables, son la única constante junto a este que te escribe. La espera se hace eterna, nada puede consolarme. Sentado en esta piedra, con la sola compañía del graznido de las gaviotas, espero tu regreso. A pesar del largo tiempo transcurrido sin noticias de ti, revivo una y otra vez junto a los demás avatares de mi prolongada existencia, el momento en que viniste a visitarme por primera vez: tu melena negra incapaz de agitarse con la brisa y la blancura de tu tez que aún se me antoja la culminación de la belleza. Me pediste que me marchara contigo, una concesión poco habitual en ti, acostumbrada a tomar lo que te viniera en gana, pero cuando te rogué que permanecieras a mi lado en esta tierra indómita lejos de los manejos de los hombres, tu mano helada dudó entre mis dedos y un gélido alivio congeló mi espinazo. Nos amamos junto al fuego, un fatuo intento por mi parte por llenar tu cuerpo del calor que a mí me sobraba. La…

Correspondencia múltiple

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Jacobo se alegró de que cesara el traqueteo del tren. El olor a carbonilla se colaba entre las vendas que le cubrían tanto el rostro y parte del cuerpo. Bajaron la camilla con descuido y, pese al dolor intenso, percibió el bullicio de la estación, un enjambre de soldados que recorría los andenes entre el vapor que exhalaban las ruedas de las locomotoras y a los que recibían madres y novias. Escuchó a los camilleros comentar con jolgorio que había cinco mujeres preguntando por el mismo hombre. Uno de ellos le palpó en busca de la chapa de identificación.
—Oye, ¿tú no te llamas Jacobo Casanueva?
—Llevadme al hospital, bastardos. Y llamadme Virtuoso.

Temporal

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Miguel Borrasca salió del almacén con un contrato a media jornada. Casi se presenta tarde al aeropuerto para un par de horas con siete charter. Pese al aguacero, sonrió al capataz con la esperanza de convertirse en fijo algún día. Con suerte, si llegaba a casa a las diez, dormiría cinco horas. El miércoles le habían propuesto para una baja en la recepción de un hotel a las afueras, aunque madrugaría para quitarse el atasco  y no llegar tarde. Antes de fichar, escuchó a uno de los oficiales chismorrear con los subalternos: «qué bien viven los eventuales». Una tempestad de ira le llevó a empotrar su vehículo contra el muelle de carga. Erró, por poco, el morro de un Airbus.
Fotografía: Iberia

Micronovela en imágenes - Una historia de Chueca

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Una historia de Chueca

Pablo Lucas, alias PeLucas, vivía tranquilo en su estudio de quince metros cuadrados. Tenía internet de banda ancha, su teléfono de última generación, una televisión inteligente (si es que tal característica es posible en un electrodoméstico como ese) cuya pantalla plana ocupaba una de las cuatro paredes y una gran provisión de precocinados en la nevera. Hacía meses que no veía la luz del sol y la subvención llegaba con puntualidad.
El día en que todo terminó, maldijo su suerte. ¿Qué podía hacer por recuperar su bienestar? Del aseo, con cuidado de apartarse para poder abrir la puerta, salió un duende diminuto que se excusó por la intromisión. PeLucas no cabía en sí del susto. Del tigre no salía nadie que no fuera él mismo desde que su novia se había marchado con el sobrino del portero. El hombrecido, azorado, se ofreció para brindarle algún tipo de ayuda. PeLucas no necesitó muchas explicaciones para mostrarle su tristeza y falta de esperanza. El duende, apiadán…

La ilustración de la viuda

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La ilustración de la viuda



Santi vio a la señora Matilde guardar en las profundidades de su bolso los fascículos aún envueltos en el plástico. Se alejaba despacio del kiosco en dirección a su casa, arrastrando las zapatillas hasta la entrada del portal. Vivía tan cerca que no le hacía falta cambiarse de calzado salvo en los escasos días en que las nubes dejaban caer algo de lluvia sobre Ciluengos.
—Ahí va de nuevo la pobre —le comentó a Ramiro, que ojeaba el Marca con escaso entusiasmo, dada la mala racha del Real Madrid. El aludido aceptó encantado la invitación a charlar y devolvió el diario a su percha. Solo lo adquiría cuando los merengues ganaban. Se acodó sobre el mostrador encarando a Santi. —¿Sigue comprando fascículos por entregas? —preguntó. —Sí, de lo más variopintos —contestó el propietario del kiosco, dándose golpecitos con el dedo en la sien. —Pobrecilla, desde que falleció Damián, Dios lo tenga en su gloria, se debe sentir muy sola. —Pero lo lógico es que coleccionase punto d…