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martes, 28 de febrero de 2017

Temporal



Miguel Borrasca salió del almacén con un contrato a media jornada. Casi se presenta tarde al aeropuerto para un par de horas con siete charter. Pese al aguacero, sonrió al capataz con la esperanza de convertirse en fijo algún día. Con suerte, si llegaba a casa a las diez, dormiría cinco horas. El miércoles le habían propuesto para una baja en la recepción de un hotel a las afueras, aunque madrugaría para quitarse el atasco  y no llegar tarde. Antes de fichar, escuchó a uno de los oficiales chismorrear con los subalternos: «qué bien viven los eventuales». Una tempestad de ira le llevó a empotrar su vehículo contra el muelle de carga. Erró, por poco, el morro de un Airbus.

Fotografía: Iberia

domingo, 5 de febrero de 2017

Micronovela en imágenes - Una historia de Chueca

Una historia de Chueca

Pablo Lucas, alias PeLucas, vivía tranquilo en su estudio de quince metros cuadrados. Tenía internet de banda ancha, su teléfono de última generación, una televisión inteligente (si es que tal característica es posible en un electrodoméstico como ese) cuya pantalla plana ocupaba una de las cuatro paredes y una gran provisión de precocinados en la nevera. Hacía meses que no veía la luz del sol y la subvención llegaba con puntualidad.

El día en que todo terminó, maldijo su suerte. ¿Qué podía hacer por recuperar su bienestar? Del aseo, con cuidado de apartarse para poder abrir la puerta, salió un duende diminuto que se excusó por la intromisión. PeLucas no cabía en sí del susto. Del tigre no salía nadie que no fuera él mismo desde que su novia se había marchado con el sobrino del portero. El hombrecido, azorado, se ofreció para brindarle algún tipo de ayuda. PeLucas no necesitó muchas explicaciones para mostrarle su tristeza y falta de esperanza. El duende, apiadándose del mozo, le dijo que podía encontrar la solución si marchaba en pos del palacio azul, aunque para eso debería abandonar su cubil.

¿Un castillo? Si vivo en Chueca.
Nadie dijo que las aventuras fueran sencillas, muchacho repuso el duende con flema.
A PeLucas le espeluznaba el mero pensamiento de salir a la calle, pero ante sus penurias, nevera vacía, la electricidad cortada y el móvil con una ralla de batería tan solo, se vio obligado a buscar una mochila y partir en busca de aventuras.
 Tuvo que mezclarse con otras personas, atravesar castizas aceras repletas de viandantes, quedar deslumbrado por las luces de los comercios...
Los que paseaban por las calles, atentos a sus propios quehaceres, se apartaban cuando el macilento PeLucas se les acercaba preguntando por el castillo de los muros azules. Algunos, sin ocultar un gesto de desagrado, le alargaron algunas monedas.
 Llegó, pese a su ateísmo seglar, a encomendarse a alguna entidad superior, desvalido como se sentía.
 Por fin atisbó la fabulosa edificación que el duende le había descrito en su visión, la que le permitiría rehacer su vida merced a su fortaleza de espíritu. ¿Sería capaz de penetrar sus secretos? Los muros parecían inexpugnables y los pendones que adornaban su torreón flameaban al viento, llenándolo de temor reverencial. En ese momento, cual señal del destino, una vibración acompañada de un pitido, agitó el bolsillo de su pantalón. Perplejo, extrajo su teléfono para comprobar que... ¡Tenía acceso wifi gracias a un servidor público municipal! El duende tenía razón, estaba salvado. Ya podía volver a pedir comida a domicilio.

Texto y fotografías: Pedro de Andrés


De visita en el pueblo viejo

A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguard...