Pages

miércoles, 14 de marzo de 2018

Prosopagnosia




Emina entró en el restaurante con los nervios atenazados en el estómago. Desde su separación no había vuelto a ver a Mel y ahora, seis meses más tarde, llevaba tres llenándole el buzón de mensajes tras lo que él denominaba su viaje iniciático. Quería verla, hablar de ellos dos y quién sabe de qué más. Mel le había facilitado la tarea. Llevaría un traje azul marino y una corbata de seda roja para evitar odiosos malentendidos. No en vano, se había largado tras la enésima situación embarazosa. Emina lo había pasado mal, no conseguía superar el sentimiento de pérdida. Su claudicación anticipada se había producido al incluir en el SMS de respuesta que estaba sometida a terapia.
Paseó la vista entre las mesas. Era la noche del viernes y no había ninguna libre. Tuvo un primer momento de pánico. Distinguía al menos tres trajes azules. Parada en los escalones que descendían al comedor, aguardó el gesto que le indicara hacía dónde dirigirse. Alguien se levantó y le hizo una seña con la mano. Emina soltó el asa del bolso que aferraba como tabla de salvación y se animó a sonreír. Una vez ubicada, podía dominar la situación.
Mel se arrancó del modo dulce y educado de los primeros tiempos. Le separó la silla para que se sentara y después tomó asiento al otro lado. Atendió las indicaciones del maitre y dio su aprobación al vino. Una vez a solas, Mel dejó en suspenso el comienzo de la conversación. Emina le dejó hacer. La iniciativa era para él.
–He dejado de fumar pero me ha dejado una faringitis crónica de regalo y esta voz aguardentosa.
Emina dio un respingo. No era la forma imaginada para el inicio de aquella conversación. En cierto modo, él la guiaba en las pautas de reconocimiento que la doctora le había enseñado. La voz, los gestos, las manos, eran los detalles que debía memorizar para identificar el maremágnum de rostros cambiantes que su cerebro no lograba procesar. Mantuvo la compostura como pudo, dedicando el tiempo a analizar los detalles del rostro que Mel le presentaba ese día. Estaba muy guapo.
Parecía preocupado de veras. Tal vez estuviera desandando la ruta de fuga que había tomado cuando todo se fue al garete.
—Tampoco esta lesión fue culpa mía, Mel. Al menos tú fumabas porque querías.
Mel asintió. Estaba cediendo en todo y a Emina le gustaba lo que veía. Pero no se rendiría tan pronto.
—Me has dado bien el coñazo con los mensajitos. Estuve a punto de denunciarte por acoso.
—Pero no lo hiciste. Emina, sigo enamorado de ti y estoy convencido de que podemos volver a intentarlo. Fui un idiota. En lugar de esta a tu lado, apoyarte y facilitar las cosas, me largué. No volverá a suceder, te lo juro. No me separaré de ti más allá de lo que las rutinas diarias nos obliguen.
Emina dio un pausado sorbo al Ribera. Necesitaría tiempo, no se lo pondría fácil.
—He hecho progresos, pero es incurable, Mel. La doctora Mendel me lo dejó bien claro. Tu rostro será un extraño para mí cada vez que te mire, cada vez que mire a cualquiera, pero eso no significa que me abandone a la promiscuidad. Aquella confusión en el hotel… Se aprovechó de mí, Mel. Yo estaba convencida de estar contigo. –Emina lo soltó de golpe. Se lo había dicho a sí misma tantas veces que había llegado a creérselo.
—Ahora lo sé, mi amor. Espero que sepas perdonar mi debilidad y mis celos. Te amo y deseo que esto funcione. Empecemos de novios, sin prisas…
A Emina aquello le gustaba cada vez más. “Amor mío… te amo” eran palabras que había relegado al recuerdo de los buenos tiempos. Podían apoyarse en ello para superarlo. Juntos. Emina flotaba entre efluvios de vino tinto y el sabor de los mejores comienzos.
Mel la despidió en el portal con un beso en los labios y la promesa de llamarla al día siguiente. Cuando la sedujo en el Excelsior, ya había estudiado a fondo a su nueva víctima. Deshacerse de Mel, del auténtico, había sido sencillo en el Caribe.

Imagen: Deenesh Ghyczy

lunes, 12 de febrero de 2018

En un mundo insensible



En la hora incierta en la que los desvaríos del sueño se derriten, me encontré con aquel oriental que, desde el vano de la puerta de mi habitación, me ofrecía una bolsa de Doritos con expresión compungida en un alarde de «yo pasaba por aquí».
Congelado entre el impulso de salir corriendo, aunque el intruso bloqueaba la única salida, y el de abalanzarme sobre él en legítima defensa, los jadeos de mi corazón me despertaron de nuevo. Todo estaba igual, excepción hecha del asiático fruto de mi imaginación. No creía en los sueños premonitorios, viajes astrales ni en el destino, ya puestos. Me hice fuerte en mi empecinamiento para no recorrer el resto de las estancias del piso. Si alguien había violado la intimidad de mi domicilio, o se había marchado ya o era más silencioso que la noche misma. Una bolsa de productos salados… Me reí de mi propia credulidad sin llegar a tranquilizarme del todo. En cualquier caso, quedaba poco para el toque del despertador y, a pesar del fresco de la mañana que, como todos los días de invierno, ganaba la batalla a la calefacción del día anterior, el sudor dejaba en el pantalón del pijama esa sensación de incomodidad que solo la ducha se llevaría consigo junto a lo que me quedaba de inquietud onírica.
El día transcurrió como todos. Clases, reuniones, grupo de debate. La pesadilla, si es que así podía considerarse, se había diluido como las sombras de la caverna de Platón que, por enésima vez, me esforzaba por iluminar en los parietales de mis alumnos de secundaria. «¿Para qué sirve la Filosofía?», me preguntaban con inmisericordia y yo cambiaba los argumentos por hombros encogidos.
A segunda hora, la pregunta repleta de mala leche estuvo a punto de recibir por respuesta que para descubrir asaltantes del Lejano Oriente apestando a salsa barbacoa. Por fortuna, me contuve pues solo habría conseguido un rapapolvo del director mientras se atusaba la gomina o, como mucho, alguna ingeniosa pintada nueva en las paredes de los baños, si es que alguien aún escribía.
Ni me llevé de vuelta a casa la cartera llena de ejercicios para corregir. Me apetecía caminar y no compartir hedores de transporte público. Así pude detenerme a contemplar los escorzos de una equilibrista callejera o echar unas monedas a una ex toxicómana que se ganaba la vida recitando de memoria poemas clásicos como si fueran propios. Al levantar la vista del exiguo gorro que hacía las veces de hucha solidaria me topé, por segunda vez en el día de las segundas veces, con unos ojos rasgados que se abrían de sorpresa tanto como los míos. Era el hombre de los Doritos que, inopinadamente, salió corriendo entre los transeúntes como alma que llevara el Diablo. Descarté de inmediato todos los pensamientos que sobre serendipias y asuntos paranormales acudían en chorro a mi cabeza. De todos modos, ¿qué posibilidades tenía de encontrar la Filosofía en el cinturón de la M30?


martes, 16 de enero de 2018

La hora exacta


La noche y la niebla se habían aliado para hacer intransitable aquella carretera comarcal. El foco apenas alumbraba unos metros hacia delante y el riesgo de acabar empotrado contra uno de los espectrales troncos de eucalipto era demasiado alto, incluso para un avezado motero como él. Por eso, cuando los jirones de la neblina dibujaron un muro a su izquierda, no se lo pensó. Nada más aparecer el camino que salía de la ruta, tomó el desvío. Apareció una puerta reja forjada. Dejó que el motor de la Harley Davidson rugiera un rato antes de apagarlo. Puñetera suerte, la construcción era un cementerio. Tampoco dudó demasiado. Tenía los dedos agarrotados por el frío y la humedad a pesar de los guantes de cuero. La alternativa era volver a jugársela en la incertidumbre del asfalto invisible. Se quedaría a pasar la noche allí, no le asustaba el lugar, apacible por otro lado. En peores plazas había toreado. Tal vez su negra fortuna le diera un respiro y encontrase un refugio hasta el amanecer. Puso la pata de cabra en posición para que la moto descansara a su vez y se acercó a la entrada. La verja se quejó pero le permitió entrar. Encendió un cigarrillo para que le acompañase en el trance. Tosió y escupió algo espeso. Con la linterna de la mochila iluminó los caminos que trazaban calles entre hileras de tumbas, todas ellas antiguas y sin flores. No se escuchaban otros ruidos que los de sus botas arañando la gravilla. «Así dormiré mejor», se dijo mientras arrojaba al suelo la colilla a medio fumar. Paseó su figura entre sepulturas hasta que el calor retornó a sus miembros. Después de algunas vueltas, se abrió la cazadora. Tras el frío del viaje, ahora estaba sudando. Algo andaba mal, pero lo dejó pasar. Mejor así que aterido. Era ese maldito lugar, como si no pertenecieran al mismo mundo. A pesar de que la niebla seguía instalada a unos palmos del terreno, la atmósfera era cálida como una tumefacción y se adhería a una piel que era incapaz de absorberla. «Al menos no será un mal refugio hasta que llegue la mañana», decidió. «Si es que llega…». Las últimas palabras flotaron en su mente. Estaba seguro de que no las había pensado él mismo. Sacudió la cabeza para despejarlas, mas fue tan inútil como tratar de despegarse de la niebla. Movió la linterna, desorientado. Algo invisible tiraba de él en una dirección que ya no era capaz de reconocer. Siguió el impulso y no avanzó demasiado hasta descubrir, bajo el haz de luz, una figura que se mantenía erguida de espaldas a él ante una fosa abierta. No era un ángel ni ninguna de las escabrosas esculturas con que los humanos acostumbraban a decorar los panteones. Pese a la inmovilidad, tenía la certeza de que se trataba de alguien esperando.
—¿Nunca piensas en tu muerte? —dijo el hombre entre las sombras sin encararlo.
Un escalofrío destempló el renovado calor corporal. La policía hubiera llegado acompañada de luces y sirenas. Sin embargo, aferró la empuñadura de la pistola en su bolsillo.
—Nunca —contestó—. Pensar en ella, la atrae.
—Es lo que solía decir tu compañero de celda y no le sirvió de nada.
Aquellas confesiones nocturnas eran solo para ellos, era imposible que el tipo lo supiera. Amartilló el arma con un chasquido.
—La muerte llega cuando debe llegar, ni un minuto antes ni un momento después. Puede acabar en una interminable agonía, pero has sido bendecido con la certeza de una despedida fugaz. Considérate afortunado—. Un dedo blanco como un hueso desnudo señaló el hueco abierto al cielo.
Tragó saliva y, con la certidumbre de quien descubre su destino, puso el seguro a su arma. No era consciente de haber caminado hacia ella y, sin saber cómo, se abría a sus pies como un abismo sin fondo. Quiso girar la cabeza y mirar al mensajero que, con tal exactitud, le anunciaba su última respiración, pero la voz habló en su cabeza. «Es mejor que no». Extendió un pie hacia el agujero y lo detuvo en un último instante de rebeldía.
—Puedes quedarte con la moto —dijo y avanzó hacia la negrura.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Puntualidad


«Llego tarde, llego tarde, la fiesta habrá empezado ya…», murmuraba una y otra vez mientras los anteojos se le empañaban por efecto de la condensación del sudor. Llegaba tarde, sí, y para un obseso de la puntualidad como él era una sensación insoportable. Corrió como nunca, con el rabillo del ojo puesto en su reloj de cadena. Corrió e ignoró a todo el mundo, incluida aquella niña tan fastidiosa. Cuando por fin llegó a la fiesta ya había concluido, pero al sombrerero y al gato no pareció importarles en absoluto.

martes, 28 de noviembre de 2017

No puedo huir de nuevo



Era la primera vez que cogía ese tren. Los postes aparecían borrosos en su visión periférica, concentrado como estaba en el rostro de la desconocida que se sentaba en el asiento de enfrente. Se parecía tanto a ella… No era persona de entrar en conversaciones improvisadas a fin de amenizar el tedio del viaje y mucho menos de forzar un acercamiento. Contrario a su costumbre, sin embargo, reaccionó como una centella cuando, al frenar el convoy con brusquedad, salió disparado del asiento y estiró los brazos a tiempo de sujetar el equipaje que se cernía sobre el tocado de la mujer. De pie, en equilibrio peligroso sobre las punteras de los zapatos, acertó a empujar la maleta de vuelta a su lugar.
—Disculpe, no he podido evitarlo… —se excusó, azorado. La postura salvadora del sombrero, y tal vez de la cabellera que cubría, había acercado sus caderas al rostro de ella, dejándolos en una situación embarazosa.
—No se preocupe, ha sido usted muy galante.
Se giró para evitar el apuro y acertó a bajar la ventanilla tras varios intentos. Asomó la cabeza y anunció que la vía parecía obstaculizada por un vehículo. Regresó a su asiento, dejando que la brisa del atardecer rebajara el ardor de sus mejillas. Pese al momento de embarazo, los ojos que lo observaban a través del velo de rejilla brillaban con diversión.
Desde el pasillo les llegó la voz del revisor con la noticia de que estarían detenidos no menos de dos horas. Encendieron sendos pitillos y se interrumpieron varias veces antes de que consiguieran iniciar una conversación fluida. Tras las frases de cortesía, llegó la temida pregunta:
—¿Viaja usted a Paris?
Antes de responder, exhaló el humo para darse tiempo a afrontar la respuesta. Decidió, finalmente, que ya era hora de volver a ser el Rick de siempre.
—En efecto, viajo desde Casablanca, y creo que es el momento de retomar una gran amistad.

martes, 14 de noviembre de 2017

Regocijo


Hilaria se abrió paso en silencio entre las que rodeaban el cadáver. Bajo el sol del mediodía, una miríada de insectos volaban ya sobre el cuerpo. A pesar de la autoridad que irradiaba, le costó hacerse un hueco en el círculo. Cuando por fin llegó al centro, se detuvo a observar unos instantes. Ser la primera era su privilegio. Se pasó la lengua entre los labios y se abalanzó sobre las costillas abiertas. Las risas del resto de las hienas acompañaron el festín de su líder.

lunes, 16 de octubre de 2017

De visita en el pueblo viejo


A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguardan con discreción a ser ocupados. Cuando llegamos a la salida del cementerio, mis padres conversaban animados. Les había parecido que, al acercar la vela, Elvis había abierto los ojos. Entonces, me di cuenta de que Lily se había quedado atrás. Le gustan tanto los camposantos que se queda ensimismada ante las lápidas. Me perdí entre los pasillos, distraído por la cháchara de los cipreses en calma. Anabel, tan inocente, aprovechó para interceptarme desde la trasera de un contenedor repleto de herrumbre. Con su manita, alzó para que pudiera verla bien una menuda bolsa de plástico transparente y sus ojos azules brillaron tanto que iluminaron su pelo. «Son las bridas que necesitamos para ayudar a mamá», me dijo. Inspiraba tanta ternura que me daba apuro decirle que ni esas piezas de plástico ni ninguna otra podrían obrar la magia. Le sonreí como pude y me alejé en busca de Lily.  No sé muy bien para qué. Sospecho que nadie más puede verme.

Prosopagnosia

Emina entró en el restaurante con los nervios atenazados en el estómago. Desde su separación no había vuelto a ver a Mel y ahora, se...