Apareadero 13



Cuando entré en el pub, ya había bastante gente. Me apresuré a pedir un trago y a coger uno de los últimos asientos que restaban. Quedarse de pie en una esquina equivalía a parecer uno de esos chicos que nunca bailaban en las fiestas de antaño. Y no estaba dispuesto, por mucho que los nuevos métodos me parecieran tan absurdos.
Encendí mi tableta y eché un vistazo a mi alrededor virtual; me había documentado, no quería parecer un novato o un bicho raro. Mirar directamente al personal no estaba bien visto, sólo superado en la escala de exclusión social por levantarse y entablar una conversación cara a cara. Gente de todas las edades y orientaciones sexuales se concentraba ya en sus dispositivos. Algunos tecleaban con avidez en las primeras charlas privadas. Me pregunté por la mejor forma de abordar un diálogo trivial, mientras repasaba las distintas fotos de perfil. Mucha niña mona pero ninguna sola. Las más jóvenes aparecían ya con el piloto en gris de «ocupado». Tampoco se hallaban entre mis objetivos. Nunca he sido un viejo verde y no iba a empezar entonces. Por fortuna, quedaban mujeres de edad aproximada a la mía, un poco por encima o por debajo; aunque la estadística reducía mis posibilidades, tenía claro lo que buscaba.
Desperdicié un tiempo precioso en ojear perfiles de otros varones heterosexuales en la sala. Pintaba bien, el porcentaje estaba bastante equilibrado. De repente, se abrió una ventana en mi pantalla. Una chica con el pelo azul y la nariz repleta de perforaciones me saludaba, sonriente. Le respondí con entusiasmo. En el tiempo que llevaba conectado, no había cosechado ni un solo «Me gusta» lo que disminuía considerablemente mi atractivo social. Esperaba que no fuera una broma, parecía la oportunidad perfecta de mejorar la situación. «¿Eres tú ese que escribe libros? Soy Dionis, la librotubera. Hice una reseña de tu novela en mi video blog».  He de confesar que me puse nervioso, pero atiné a abrir una ventana para hacer una búsqueda paralela. Ahí estaba. La leí en diagonal. No me sonaba, pero la primera frase de la crónica tenía dos faltas de ortografía y afirmaba que era un narrador omnisciente el que contaba la historia. Casi se me atraganta el Jack Daniels; era mi único libro escrito en primera persona. «Gracias, Dionis, por tomarte la molestia», respondí. Era lo menos que podía hacer tras tres estrellas sobre cinco en la valoración. Se despidió con un icono de beso al aire y lo mejor de todo: un «Me gusta» que me animó a seguir en el intento.
Media hora más tarde, apagué la tableta. ¿Qué estaba haciendo un tipo como yo en Apareadero 13? Había iniciado un puñado de conversaciones intrascendentes tratando de hacerme el interesante y estaba hastiado. Dormiría solo, pues no iba a seguir el juego al sistema social impuesto. Recogí mi chaqueta y me puse de pie, desafiante. Las miradas de reojo, al punto de escándalo, eran seguidas por vertiginosos cotilleos sobre los teclados.
Y entonces la vi. Sola en una mesa. El pelo oscuro en una melena lisa con el flequillo recto, los ojos ocultos tras una gafas demasiado grandes para su rostro y un brindis mudo en mi dirección. Mi dignidad exigía salir en plan torero, el mentón al cielo, pero soy débil. Lo reconozco. Entre los dos ya habíamos quebrantado unas cuantas normas. ¿Qué importaba una más? «Ni siquiera has encendido ese trasto», le dije mientras señalaba su dispositivo sobre la mesa. «Llevo semanas esperando algo así», respondió. Me acerqué a distancia de contacto físico y alargué la mano para presentarme. Ella la estrechó y se estiró para besar mis mejillas en un protocolo en extinción. «¿Buscas el amor de tu vida?». La pregunta era de seguro una trampa, pero fui sincero: «Todos los de mi vida lo han sido». Con mi mano aún en la suya, me sacó del local. Sólo restaba rematar la noche sin un gatillazo.


Imagen: El confidencial
spacer

La luna de tu reflejo



Abrió el sobre, por fin había llegado la carta con la tarjeta que lo acreditaba como Amigo del museo del Prado. Sin embargo, se sorprendió con el contenido: a la carta, que lo recibía como miembro del club y agradecía su interés, se adhería con un pegamento delicado una tarjeta de plástico que brillaba como el sol, mucho más áurea que la de un directivo bancario. La sostuvo entre los dedos, pensativo. Era el mejor regalo que le hubieran hecho jamás. Le proporcionaba acceso ilimitado a todas las salas e incluso disponía de una hora adicional al horario de apertura al público. Sonó la alarma de su teléfono. Tenía tiempo de sobra para su cita con Piluca, pero tampoco podía dormirse en los laureles. Aparcó el misterio hasta que pudiera preguntar en la oficina.
Se duchó y acicaló con mimo. Volvió a la habitación para mirar la nueva tarjeta que había depositado sobre la mesilla. Una vez vestido, se giró para mirarse en el espejo y la impresión lo lanzó hacia atrás hasta dejarlo sentado sobre la cama, sin aliento. Lo que veía no era su propio reflejo en el dormitorio, sino un paisaje lleno de colorido por el que se movían con total libertad las figuras oníricas del tríptico del Bosco; era el puñetero jardín de las delicias y en medio del mismo se encontraba él con los ojos perplejos. Parpadeó varias veces pero la imagen persistía. Una segunda alarma irrumpió en ese momento para recordarle que tenía el tiempo justo para recoger a Piluca. Apretó sus dedos entrelazados como si el dolor auto infligido pudiera sacarlo de aquella pesadilla. A duras penas consiguió levantarse y salir para coger el metro. Ya habría otro momento para meditar sobre lo sucedido, a menos que fuera una alucinación pasajera por la emoción y de la que se reiría después. Se moría de ganas de contarle a Piluca lo de su nueva tarjeta de amigo del Prado, convertida ya en su tesoro más preciado.
La tarde transcurrió tranquila. A diferencia de ocasiones anteriores, Piluca no le presionó para que se fueran a vivir juntos. Valentín era un lobo solitario y las experiencias del pasado le habían vuelto retraído. Lo agradeció con un gesto insólito: ofreció a Piluca tomar el té en su casa. Ella aceptó encantada. Nunca antes había accedido al sanctasanctórum de Valentín y le pareció la ocasión pintada para lograr un mayor acercamiento.
Se sentaron muy juntos en el sofá y Valentín terminó cediendo a los arrumacos y a los besos robados. La tomó de la mano y, sin acordarse de lo acontecido antes de salir de casa, la llevó a su dormitorio. Se desvistieron con prisa, con el ansia del descubrimiento. El abrazo los iba rotando hasta que Valentín quedó enfrentado al espejo. Exhaló un gemido ahogado. Tras la imagen de la espalda desnuda de Piluca se extendía un bosque oscuro y, sobre su fondo negro, un árbol de contornos precisos que conocía a la perfección: el del bien y del mal en el Edén. 
Al notar el sobresalto, ella se dio la vuelta y contempló la imagen de ambos, rodeados de los muebles de la habitación. «¿Te gusta lo que ves?», preguntó al ver la cara de pasmo de Valentín, que acertó a afirmar con la cabeza y fijarse en el reflejo dorado sobre el suelo pedregoso de la pintura que él sí veía. Sin apartar la mirada, alargó la mano hasta que atrapó la tarjeta sobre la mesilla y en la que Piluca, llevada por el ardor de los besos, aún no había reparado. Valentín se la ofreció y, nada más posar los dedos en ella, Piluca se abrió a la visión del Paraíso. No tenía miedo, sabía exactamente lo que tenían que hacer. «Tranquilo, tontorrón. Este es nuestro momento», le susurró al oído y, tirando de él, se adentraron en la imagen fluctuante del espejo que los absorbió hasta formar parte del lienzo. Un Adán y una nueva Eva para un nuevo comienzo. Valentín se desvaneció de la realidad con un último pensamiento: «Ojalá hubiera sido la Merienda a orillas del Manzanares de Goya y Piluca, la vendedora de naranjas perfecta».


spacer

Cinco son multitud



Desde el otro lado de la calle, Alonso miró a través del humo de su cigarrillo la entrada en el local en el que tenía la cita. Con la pensión menguante era todo lo que podía permitirse, pero no esperaba semejante cochambre. Arrojó la colilla al suelo. Había llegado demasiado lejos para volver con el rabo entre las piernas y, además, se lo había prometido hace quince años y veintiún días. Nunca había sido el alma mater de las fiestas, pero sí el elemento de cohesión en una cuadrilla de amigos tan dispar. «Yo os mantendré siempre unidos», les había dicho y él siempre cumplía sus promesas.
La recepcionista comprobó sus datos sin quitar la vista de la pantalla. Le indicó una sala al fondo del pasillo en penumbras y volvió a su mutismo. La mesa que llenaba casi toda la estancia desentonaba de las paredes desconchadas. Era un equipo carísimo y se preguntó cómo un negocio como ese podía permitírsela. Se encogió de hombros e introdujo la tarjeta en la ranura que la mujer le había proporcionado. Tras los sonidos informáticos, y a la hora señalada, cuatro resplandores holográficos cubrieron los huecos donde debía haber sillas.
Sus rostros eran tal y como los recordaba: Jesús con su rictus permanente, Mónica con su media sonrisa que significaba cualquier cosa, Miguel con la barbilla enhiesta como para compensar su baja estatura y Virginia… Virgi siempre tan angelical. Había ensayado su discurso introductorio, pero encarar a sus cuatro amigos del alma le anudó la garganta.
—Tú dirás —dijo Miguel para robarle el protagonismo y, sin embargo, el acicate que necesitaba.
—Es Navidad —repuso como si lo explicase todo.
Mónica soltó uno de sus bufidos y Jesús carraspeó, pero no dijeron nada.
—…y os echo mucho de menos. Estamos muy lejos los unos de los otros y los años pasan. No se me ocurría otro modo de regenerar lo perdido. Por favor, decidme que no sentís lo mismo y me marcharé para no molestaros más.
La señal electrónica era buena y las imágenes, nítidas y estables. Paseó la mirada entre los cuatro hasta detenerla en la de Virginia, del color de la avellana tostada. Ella sostuvo el envite aunque al final sonrió.
—Alonso, siempre tan ingenuo. ¿Crees que puedes presentarte así como si nunca hubiera pasado nada? Hay ciertas cosas que ignoras y el tiempo no te ha hecho más sabio.
—Díselo, Virginia —intervino Jesús—, dile que estamos todos juntos como antes y que es él quien está lejos.
—Yo no diría ingenuo. Eres tonto, sin más. Puede que tuviéramos nuestras diferencias pero hemos aprovechado el tiempo —añadió Mónica.
—Sí, ahora ella y yo estamos juntos. Para siempre. Lo que no pudiste lograr entonces —explicó Jesús en referencia a la afición casamentera de Alonso— ahora es una realidad.
Estaba perplejo. Mónica y Jesús… Pero si eran como el perro y el gato. Abrió la boca para decir algo, aunque se percató de lo que sus palabras implicaban. Fijó los ojos en Miguel, que no había vuelto a hablar, y después a Virgi, que asintió despacio.
—¿Y tu mujer, Miguel? —preguntó, a punto de un balbuceo.
El interpelado lo fulminó con la mirada. Alonso había puesto el dedo en la llaga sin darse cuenta y ahora las cuentas salían a la perfección.
—Me la arrebataste con todo lo demás, Alonsito. A buen seguro, ya me ha olvidado, pero no te preocupes, he salido ganando —dijo y lo remató con un beso lanzado al aire en dirección a Virginia.
—Esta reunión ha sido un catastrófico error. Sé que tu intención era buena, aunque es mejor dejar las cosas como están. No hay vuelta atrás.
Alonso estaba desolado, intentaba que prevaleciera la amistad y no se había dado cuenta de que quien sobraba era él. No es que esperase que Virgi y él… bueno, sabía que era imposible, pero ¿Miguel?
Sujetó la tarjeta de conexión entre los dedos. Quedaba casi media hora de conexión, pero deseaba más que nunca estar en cualquier otro lugar.
—Tranquilo, cielo. Ahora estamos bien —dijo Virgi y miró a los otros que asintieron a regañadientes—. No te reprochamos nada y ya has pagado con creces. Vive en paz lo que te resta de vida.
Quince años y veinte días purgando su error de conducir aquella noche atiborrado, como los demás, de alcohol y coca. Quince años y veinte días después, se despidió de sus amigos sin estar convencido de que le hubieran perdonado.
Al salir, pidió a la recepcionista un formulario, adaptado a la nueva ley, en el que dejaría constancia por escrito de su voluntad de no poder ser convocado desde el Más Allá. Ellos, sus amigos, no habían tenido esa oportunidad, él la había cercenado, pero en su vida volvería a llamar a los muertos.

spacer

Nueva revista Tirano Banderas Invierno 2018



 Revista Tirano Banderas 2018 (invierno)

Pinchando en el enlace podéis descargar de forma gratuita (o leerla cómodamente desde cualquier dispositivo en pdf) la nueva revista Tirano Banderas que hacemos entre todos los que formamos parte de la Asociación Escritores en Red. Además de alguna cosilla mía, encontraréis (mucho más importante) colaboraciones de l@s compañer@s en narrativa y poesía. Os aseguro que hay grandísimas plumas.
spacer

Ese perturbador soniquete nocturno



Solo la intervención de Sor Carmela consiguió que Inés accediera a compartir temporalmente su dormitorio de la residencia para la tercera edad, insistiendo en la virtud de la caridad. «Pago para dormir sola, madre», le había dicho antes de claudicar en el confesionario. Desde el primer día, tuvo que soportar la molesta costumbre de Amalia de acostarse con un transistor pegado a la oreja escuchando los resultados deportivos, ese runrún insidioso que le impedía pegar ojo hasta que lo apagaba con un «buenas noches, Inés». «Pero, ¿le gusta el fútbol, Amalia?», le preguntó cuando no pudo más, incapaz de guardarse la cuestión por mucho que se lo hubiera prometido a su confesora. «Si todavía escuchase las noticias o la novela, podría comprenderlo…». La respuesta le llegó en un tímido susurro desde el otro lado de la habitación: «Es como volver a tener al Jacinto pegadito a mí»; después, la conversación fluyó hasta que una de las dos, cualquiera de ellas, se quedó dormida la primera.
Al día siguiente, la coordinadora le anunció que para el lunes volvería a estar sola. «De ninguna manera, Amalia se queda conmigo… Se lo prometí a Sor Carmela».

spacer

Tumbados


Tumbados


Si tú te tumbas
sólo te pido
soltar de tus pies los nudos.

Si yo te tumbo
sólo me pides
que mi lengua se abra paso.

Si yo me tumbo
sólo te pido
de tus labios mi sabor.

Si tú me tumbas
sólo me pides
que tu carne yo destile.

Tumbados, juntos
sólo pedimos
que nos dejen como estamos.

spacer

En la última fila




El abuelo se acercó al tresillo sobre el que Iván estaba repantigado. Echaba de menos los tiempos en que se sentaban juntos a ver la tele, antes de la temida adolescencia. Optó por el sofá junto al cojín en el que reposaba la cabeza de su nieto.
—¿Qué estás viendo? —preguntó en cuanto logró acomodarse y dejar el bastón a mano.
—Una peli —repuso sin más el joven.
—¿De qué va?
—No te va a gustar, es de robots. —Había condescendencia en la voz de Iván.
Al abuelo le molestó la aclaración. Puede que hubiera nacido en el siglo anterior, pero sabía de autómatas.
—Me gustan las de ciencia-ficción —dijo con inocencia.
Iván alzó la cabeza y se lo quedó mirando en busca de un signo de que bromease. El abuelo miraba la pantalla 4K con toda su atención e incluso se permitió hacer un comentario atinado sobre los efectos especiales:
—Ganaría mucho en pantalla grande.
—¿A que sí, abuelo? —dijo Iván con un entusiasmo que decayó de inmediato. Si tuviera carnet de conducir, iría al centro comercial para verla en IMAX. Sería la caña.
—Ya no puedo conducir yo tampoco —dijo el abuelo señalando el bastón.
—Si no te gustan los centros comerciales.
—Para nada, lo que molaba era el cine de barrio. Y el NO-DO —añadió riendo.
—¿El NO-DO? Pero si era propaganda del régimen. En Youtube he visto algunos cortes y eran patéticos. No me irás a decir ahora que eras facha.
El abuelo reía como si fuera a perder la dentadura postiza. Iván lo miraba contrariado.
—No me gusta que me vaciles, abuelo. Ya no tengo edad. O que digas «mola» para parecer moderno.
El abuelo palmeó la mano de su nieto que colgaba con languidez del reposabrazos. Dudó unos segundos antes de preguntar:
—Si te cuento un secreto, no se lo cuentes a tu abuela, ¿vale?
A Iván le brillaron los ojos. El abuelo no era propenso a las batallitas y a espaldas de la abuela le parecía fascinante. Asintió con energía.
—Yo tonteaba con ella, estaba enamorado pero no me hacía caso. Hubiera hecho cualquier cosa por que fuera mi novia.
Iván aguardaba en silencio mientras el abuelo cerraba los ojos para sumergirse en las imágenes del pasado.
—Aún puedo escuchar los crujidos de celuloide cuando el proyector chasqueaba sobre nuestras cabezas en los últimos asientos.
—La abuela y tú, bueno, ¿os besabais en la oscuridad del cine?
—No, Iván. Se trataba de Carmela, la del pelo negro y los senos espectaculares. —El abuelo hizo un gesto con las manos frente a su pecho que dejó anonadado a su nieto—. Para darle celos a tu abuela la invité al cine una tarde. Allí descubrí que la música del NO-DO encendía algún engranaje oculto en su cabeza y se ponía como una fiera —había bajado la voz para no ser escuchando desde la cocina donde trasteaba su esposa—. Perdí la virginidad con ella en el cine Paraíso. Para cuando tu abuela reaccionó, a punto estuve de pasar de ella y casarme con Carmela.
Iván miraba al abuelo de hito en hito, maravillado de saber que, tras la bufanda y el bastón, se escondiera un hombre con los mismos instintos irrefrenables que los que lo angustiaban a él últimamente.
—Te prometo que, en cuanto pueda conducir, os llevaré al cine a los dos —dijo señalando en dirección a la cocina—. Aunque ahora no hay NO-DO.
El abuelo salió de un ensimismamiento al ver el guiño del nieto y, mientras se adormilaba bajo los estruendos del sonido envolvente de la televisión, susurró para sí un «Ay, Carmela».



spacer