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Otra margarita

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El mentón reposa sobre el broche de la toquilla, las manos se abandonan sobre el regazo, vencidas por el hierro de las argollas. Se sabe condenada de antemano, antes del juicio que espera con resignación, ajena a los ojos de sus custodios, rancios alientos de tabaco y vino con capote verde. Resbala la mirada por un vestido tan deshecho como sus esperanzas. La única venia que espera del juez es que no la lleven al cadalso con esta ropa ajada de celda y lágrimas secas. En el banco de enfrente aguardan las meretrices. Entraron con estridencia, dedicándose toda suerte de apelativos soeces y haciendo gestos lascivos hacia los guardias, que las han ignorado con el aburrimiento de la rutina. También a ella, a Margarita, han dedicado burlas y pullas hasta que, finalmente, se han contagiado de su silencio. Ahora callan o se hablan entre susurros. Saben quién es, no queda nadie en la ciudad que lo ignore. No matas a un marqués y te abandonas al abismo del olvido. ¿Qué importan los motivos? Él er…

Prefiero las corrientes

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Dedicado a Pedro Ignacio Tofiño, sufridor de trolls y otros entes
Nadie podrá convencerme de que existe la justicia poética. Lo sería si pudiera escribir un poema y metérselo por el culo al Troll. En llamas. Cuando empecé a trabajar en esa oficina, me pareció el lugar ideal. «Ojalá pudiera jubilarme en este sitio», fue uno de mis felices pensamientos cuando cobré mi primera nómina. Fueron dos años de formación y trabajo duro, pero también de compañerismo y satisfacción por la labor bien hecha. Ni se me pasaba por la cabeza reflexionar sobre el destino de aquellos memorandos redactados al filo de la hora de salida o del objeto de las reuniones de equipo, en las que a la responsable del departamento se le llenaba la boca de cifras y gráficos frente a una presentación de Powerpoint y que no calaba en nuestras mentes más allá del cafelito de después de comer en el bar de la esquina y las partidas de mus cuando hacíamos jornada intensiva.
Setecientos treinta y siete días después de la firma …

Entre bambalinas

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"Me calé la capucha en un vano intento de que la cellisca hedionda no me quebrara la piel. Después de dos días sin articular palabra, tuve que chasquear la lengua para que no se me quedara pegada al paladar. En casa, con Mako, era complicado que la cháchara se detuviera por más de diez minutos. Me faltaba práctica en el silencio. Otro ramalazo de nostalgia me angustió las entrañas. Aferré con saña la correa del fusil, un recordatorio en mi hombro de lo que me había llevado de vuelta al Juego."
Así comienza "Entre bambalinas", el relato que Ficción cientifica, la prestigiosa red social de Literatura de ciencia ficción, ha tenido a bien publicar . Uli, antiguo campeón del Juego, ha de rescatar a su hija secuestrada por un competidor resentido que le obliga a jugar la partida definitiva con sus vidas en juego. En la página de Ficción científica puedes leerlo completo o descargarlo en diversos formatos.

Milagros, los justos

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El embalsamador jefe, agotado, dejó caer el frasco de ungüento sobre la mesa de operaciones. «No puede ser, logré este puesto porque jamás he fallado en mi labor», masculló. En veinticinco años de carrera, solo había obtenido menciones y parabienes. Sin embargo, con el diácono habían fracasado todas sus técnicas, tanto las clásicas como las innovadas por él mismo. Una sospecha se hizo hueco en su frustración. Giró en la silla para encarar el ordenador. Una clave tras otra le impedían el acceso al registro de procedencia. Con el hedor del cuerpo en sus fosas nasales, llamó a Ramírez, el subsecretario. «¡Qué diácono ni qué narices! Lo que tienes sobre tu mesa es un concejal multimillonario».

El último giro del cilindro

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Anselmo barría los pelos alrededor de las butacas, impecable en su bata blanca aunque llevase seis horas dedicado a su trabajo. —Deberías modernizarte, Anselmo —comentó desde su esquina Marce por enésima vez en su dilatada amistad. No apartaba la mirada de la tablet de pantalla gigante que había sustituido, hacía poco, al habitual diario en papel. —La Madriguera ha sido la peluquería del barrio desde que la abrió mi abuelo. —Bien puedes decirlo —dijo Marce con sorna, mientras señalaba el cilindro de franjas azules, rojas y blancas que giraba en el exterior anunciando el establecimiento. —No chirría —contestó Anselmo, herido de nuevo en su orgullo profesional—. Hay cosas que están bien como están. No me dirás que es más cómodo leer las noticias en ese cacharro. Marce apoyó el dispositivo en sus rodillas y lo giró para que el barbero pudiera ver cómo reproducía la repetición del último gol in extremis del Real Madrid. Anselmo bufó por debajo de su cuidado mostacho. Sonó la campanilla de la pu…

Soñó que moría de lunares

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La profética pesadilla cambió su mundo. Dejó su carrera como jockey porque empezó a aborrecer los puntos de colores de su vestimenta. Renunció a comer albóndigas por su disposición sobre la salsa del plato y era incapaz de soportar la visión de un vestido de faralaes o los de la mismísima Minnie Mouse.
Nadie le advirtió que, por ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca, se podía también morir de amor.

Historia del arte

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Me gustan los trazos de saliva al dibujar corazones sobre tus pechos, los diseños tribales que mis dedos imaginan sobre tu espalda con los masajes. Eres mi obra de arte más perfecta y, sin embargo, ahora pides rudeza y aventuras peligrosas. Sigues viniendo a mi estudio sin buscar al amante creativo. Ahora soy solo el tatuador.