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sábado, 21 de junio de 2014

FUEGO EN LAS ENTRAÑAS

Empieza el solsticio de verano, qué hermosas están las ramas de nuestro árbol mientras los rayos del sol se filtran entre las hojas. Os dejo este relato del Tintero Virtual de Netwriters. Disfrutadlo.

 

Fuego en las entrañas



No podía apartar la mirada de los ojos de su madre, tenían una cualidad hipnótica, una tonalidad de verde frondoso que, según ella le había dicho más de una vez, era excepcional entre los suyos.
—Madre, ¿cómo murió padre? —le preguntó no por primera vez en su vida. Lo había intentado antes, sin éxito. Aquel día, en cambio, ella suspiró y le dio contestación:
—Fue un día como el de hoy. Salió de caza y se encontró con una partida de caballeros del Conde. Luchó con bravura —hizo una pausa durante la cual cerró sus ojos de esmeralda—, se llevó a muchos por delante y murió como un valiente. Hoy solo estamos tú y yo.
Se estableció el silencio entre ambos. De algún modo, intuía que el hecho de que se lo contara suponía algún tipo de cambio. Había dejado de ser un crío y tendría que empezar a afrontar la vida como adulto.
—¿Te vas, madre? —preguntó cuando la vio salir de la cueva que les servía más de refugio que de hogar.
—Estarás hambriento, mi pequeño…
—¡Ya no soy pequeño! —protestó el joven—. Puedo salir a cazar.
—Deja que cace para ti una última vez, te lo ruego. —Seguía teniendo ese tono maternal, capaz de calmar todas las sombras y pesares.

***

Las horas de la noche dieron paso al clareo del amanecer y la madre no había regresado. Empezaba a inquietarse de veras, aunque un adulto jamás hiciera tal cosa. Se le hizo un nudo en las entrañas, un calor que elevaba la temperatura de su cuerpo, que agolpaba imágenes de días de gloria en los relatos que le contaba antes de enviarlo a dormir. Si él pudiera hacer que retornaran esos tiempos… Las convulsiones hinchaban su vientre y lo contraían con violencia.
—Madre… —Nadie le había preparado para esto, la necesitaba más que nunca. Se sintió solo hasta la nausea
***
Pasos apresurados en la entrada de la caverna, un griterío a las afueras. Algo malo estaba sucediendo, algo terrible.
Madre se asomó por fin en el reducto, pero tenía la mirada opaca y tenía sangre tanto en la boca como en el cuello.
—Huye, mi pequeño, vienen a la última cacería, armaduras y lanzas de punta mortal. ¡Huye, hijo mío!
—Madre, ¿qué te han hecho? —le preguntó lleno de angustia.
—Yo los entretendré. Recuerda la salida del arroyo que canta. No creo que la conozcan, pero es demasiado angosta para mi cuerpo. Tienes una oportunidad de escapar.
El dolor en las entrañas era puro ardor, le hacía doblarse, una quemazón que amenazaba con romper piel y hueso y arrojarse al exterior como metal fundido.
—Madre, mis tripas… es fuego…
El rostro maternal resplandeció una vez más, era puro orgullo.
—Es la hora, hijo mío. Razón de más para que huyas, eres el último de una estirpe milenaria, Márchate, amor mío.
Se rompió por dentro. Era un volcán a punto de erupción y, a la vez, era furia, odio ardiente y desesperación. El ansia de venganza por su pueblo perdido, el vacío de su porvenir, la soledad a la que se veía abocado.
—No, madre. Lucharé y moriré como padre. Derramaré mi fuego sobre los humanos, porque soy el último de los dragones.

domingo, 8 de junio de 2014

OLOR A SAL

Este es el microcuento finalista en el II CONCURSO DE MICRORRELATOS MANUEL J. PELÁEZ entre más de mil quinientos y que saldrá publicado junto al microcuento ganador, Angel Pontones Moreno y otros cuarenta y nueve más.
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LA LOLA DEL PUERTO

 Enfila la calleja con rumbo errático y desmiente el apodo que su proa turgente le ha ganado en las tabernas del puerto: la Fragata.
La travesía le lleva al cuartucho que comparte con su hijo. Abre la puerta. La jarra de vino cae al suelo y desparrama la sorpresa. Ismael, su marido perdido en el naufragio del "Palmira", contempla al pequeño dormido. Lola cubre su escote con la toquilla manchada de tinto. No siente culpa por lo que cree ver en el silencio de los ojos de Ismael.
El marino se levanta ante los restos de Lola y abre en silencio los brazos, diques que ofrecen refugio. Lola entra a puerto con las lágrimas en las velas. Ha vuelto a casa…


De visita en el pueblo viejo

A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguard...