A Celso Páramo no le gustaba perder ni a la grija. Cuando su esposa apareció el
sábado por la noche en el dormitorio con un camisón vaporoso y su sonrisa más
traviesa, tuvo un mal fario como de carreras de galgos. Ella puso una rodilla
en la cama en la que él, todavía con las gafas y el pijama, releía...
