El sol resplandece
en el agua y me obliga a llevar los ojos casi cerrados. Mi paso es firme, mis
pies no resbalan a pesar de la humedad; cánticos y chanzas acompañan mi
barbilla arrogante. Es el Caribe, sé que sus aguas me abrazarán cálidas, que no
debería temer la zambullida. Abandonarme, mecerme entre sus ondas… ¿Por qué no?
Lo que es válido para un caballero
criollo en la Habana, caminar altivo de calzado caro, también ha de serlo para
su último paseo por la tabla de un galeón pirata…
