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domingo, 12 de enero de 2014

LA TINTA DE MIS VENAS

Este relato aparece publicado en la Revista Digital Tirano Banderas editada por la Asociación Escritores en Red (Revista nº 19).
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LA TINTA DE MIS VENAS

Ni una enhorabuena, ni un apretón de manos. Nada. Y para colmo, le invitaron «amablemente» a abandonar el proyecto —del que solo le habían contado que consistía en el desarrollo de potencialidades humanas ocultas—, todavía repleto su organismo de drogas y quién sabe qué otras sustancias. Martin Cameron, así y todo, seguía siendo un tipo vulgar cuyo único rasgo destacable era su afición desmedida por la lectura. Durante su estancia en las instalaciones del proyecto, había devorado cantidades de libros de todo tipo, tanto las novelas que constituían la mayor parte de su equipaje como los de la biblioteca de la base. Y si no encontraba nada nuevo, releía lo que tenía a mano. Las pruebas, test e inoculaciones le dejaban demasiado tiempo libre, tiempo que el resto de voluntarios ocupaba haciendo deporte o en la cantina. La constitución enclenque de Martin y sus escasas habilidades sociales no le habían granjeado simpatía alguna con ellos o con el personal militar.

Cuando volvió a la vida civil, se sumergió en la rutina de varios trabajos que, merced a los servicios prestados, la propia Administración le facilitó. Sin embargo, no conseguía encajar en ninguno de ellos. A él le habría gustado trabajar en una biblioteca o una librería. La única vía de escape de su decepcionante vida era leer. Se refugiaba en las historias para huir de su penosa rutina. Daba igual que lo hiciera a través de una novela romántica o policiaca. Le gustaban todos los géneros. Se evadía por completo y vivía a través de la piel de los personajes. Sin embargo, su indiferencia le trajo graves problemas. No se preocupaba del día a día y renegaba de las facturas. Llegaron las deudas, las notificaciones judiciales y los embargos y no tenía familiares o amigos a los que pedir ayuda. Necesitaba una fuente de ingresos importante pero reaccionó como siempre: se sentó en su sofá de piel de imitación y abrió “La isla del Tesoro”. Recorría con avidez las líneas caminando junto al joven Jim y el capitán Smollet. Tanto se enfrascó en la lectura que cuando levantó la vista del libro para descansar, se miró los pies y estaban enfundados en unas botas altas de piel con vuelta. Vestía también un chaleco, así como una camisola de amplias mangas. El calor del sol calentaba con fuerza a pesar del pañuelo que llevaba en la cabeza. Su desaliñada salita había desaparecido. Perplejo, dio una vuelta completa. Se encontraba en la isla, e incluso uno de los marineros le empujó para que se apartara. Su mente comenzó a trabajar. ¿Y si cierto tesoro resolviera sus problemas financieros? Ya había viajado a este lugar antes y conocía con detalle la ubicación de la cueva del viejo Ben. Tenía localizados a los hombres de John Silver y dónde estaba fondeada la Hispaniola. Solo tenía que…
Tal vez su naturaleza lenta había hecho que Martin asimilara las sustancias con sosiego. Ahora había logrado finalmente despertar su latente potencialidad y era mucho más maravillosa que doblar cucharillas con la mente o adivinar un dibujo en una carta boca abajo. Con disimulo salió de la fila y se internó en la jungla. Cambiaría su vida. Vaya que lo haría.

Un mes después, se presentó ante un abogado para ofrecerle una generosa cantidad si se ocupaba de liquidar sus morosidades con bancos y acreedores varios, pero una vez resueltas sus dificultades económicas la vida no se hizo más llevadera. Seguía huyendo de la realidad y ocupando casi todo su tiempo en «viajar». Su carácter se tornó caprichoso y dedicó un tiempo a adquirir los objetos más extravagantes. No por necesidad sino por descaro y arrogancia. Solía dedicarse a relatos de los que conociera bien los detalles, para aprovechar así su abrumadora ventaja. La posibilidad de un giro argumental inesperado le producía auténtico pavor y Martin no era de los que disfruta con una subida de adrenalina.

Una mañana, abrió las puertas de su recién adquirida mansión a un par de tipos robustos como columnas jónicas. Uno de ellos le mostraba una placa y el otro una orden de registro. «Está usted detenido por el gran asalto al tren. Mi compañero le leerá sus derechos». Martin extendió las manos con docilidad para ser esposado.

Nunca más se sentiría encerrado como durante su estancia en las instalaciones militares, así como en los empleos grises anteriores. Una cárcel no podría confinarlo. En el juicio se declaró culpable de los cargos. Mientras cumplía los trámites para el ingreso en prisión, tan solo mostró preocupación por saber si en la prisión tenían una buena biblioteca y en concreto si dispondrían de un ejemplar de “El Conde de Montecristo”.


11 comentarios:

  1. Es un relato muy imaginativo y con muchas posibilidades de hacer algo más largo. Me ha gustado mucho.
    Un abrazo.

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    1. No lo había pensado, pero ahora que lo dices...podría hacerse. Gracias por la sugerencia :)
      Un abrazo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Me ha gustado mucho tu relato, me he reído mucho al final y he dicho "que bueno"
    Felicidades pirata
    Core

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    1. Una sonrisa lectora es el mejor de los premios. Gracias por la visita, marinerita.
      Un beso.

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  4. Me encantó este relato . Felicidades Pete. Abrazos y besos

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    1. Gracias Lin. Sería bonito poder viajar al interior de los libros, aunque en tal caso habría que tener mucho cuidado con los que escogemos, ¿no crees? Un beso de ultramar.

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  5. ¡Qué bien comprendo a este personaje que lleva en las venas tantos personajes! Buen relato.
    Espero que pueda compartir celda con Edmundo Dantés.
    Un abrazo.

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    1. De algún modo, todos hemos compartido celda con Edmundo Dantés (ojalá podamos mucho tiempo) y camarote con Jim Hawkins y aventuras con tantos otros. Mi granito de arena es poder participar también de las vivencias de Martin Cameron. Gracias por la visita.
      Un abrazo.

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  6. Cómo me gusta. Qué bonito sería poder traspasar las páginas con algo más que con la imaginación. Pero si él l ha conseguido, tal vez aumentando mi poder de concentración y con práctica… ;-) Dicen que poder es querer. Ya te contaré si lo consigo.

    Besos y abrazos.

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    1. Yo creo que la traspasamos. Puede que no siempre, pero cuando el libro es bueno es mucho más fácil. Recuerda sino, cuando levantas la vista de una página y te encuentras en el metro y no sabes ni dónde estás. Sí que lo sabes... dentro de un libro, rodeado de gente.
      En cualquier caso, cuéntame si consigues llegar más allá :)

      Besos.

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